Para la mentalidad clásica, la prudencia era la virtud necesaria para adaptarnos a la complejidad de las circunstancias.
Hoy, la prudencia parece estorbarnos. Hay que hacer más, y hacerlo ya.
Lejos de la reflexión, del método y del análisis, la presión por “no perdernos nada” o por no publicar con la frecuencia y el estilo de los otros, nos arrastra a formar parte de una locura colectiva.
Nos somete a un rigor constante de competencia, insatisfacción y, en muchas ocasiones, a un fracaso financiero que, por supuesto, ninguna marca quiere admitir en voz alta…
Aplaudimos la valentía de exponer una imagen curada.
Celebramos las exhibiciones forzadas de equipos internos que no comprenden el porqué, pero se ven obligados a cumplir con un requisito más en su checklist: renunciar a su reserva, a su intimidad.
Y sin embargo, el marketing sigue siendo una disciplina social.
Una que puede construirse desde la discreción, sin que eso signifique estar ocultos o ser invisibles.
Este primer trimestre, especialmente, ha sido retador para nuestros clientes.
Los algoritmos siguen transformándose, pero me niego a creer que la única ruta sea jugar el juego del yo y del ya.
La data ha venido a reivindicar otras posibilidades.
A rebelarse contra el exhibicionismo sin propósito ni retorno.
Analizar en tiempo real los indicadores de cada modelo de negocio, revisar las columnas que sostienen a una marca, implica dejar de contemplar el yo de nuestras ideas…
y volver a la prudencia: esa que nos permite plantear hipótesis que pueden validarse con tiempo, recursos y un ROI sostenible y consciente para todos.
Porque la data no miente.
Y, como dirían los antiguos, los líderes comienzan a ser peligrosos cuando les aterra reconocer un error. Más data y menos yo